Durante muchos años conviví con inseguridades sobre mi cuerpo.
Complejos con mi peso, con verme “gorda”, con no sentirme suficiente.

Lo curioso es que nunca entendía de dónde venían. En el colegio nunca sufrí bullying y tampoco tuve problemas de peso. Todo lo contrario: siempre hice mucho deporte y me mantenía en buena forma física.

Pero en mi cabeza… yo era una máquina de maltrato hacia mí misma.

Con el tiempo, el autoanálisis y algunas terapias alternativas, empecé a entender algo que antes no veía. En mi casa nadie me criticaba directamente. Pero sí escuchaba constantemente críticas hacia otros cuerpos: comentarios sobre si alguien estaba “gordo”, “descuidado” o “fuera de forma”.

 

Crecí escuchando eso.

Y de manera inconsciente aprendí que los cuerpos se juzgan.
Que los cuerpos se comparan.
Que los cuerpos se critican.

Entonces asumí que, así como se criticaba a otros, seguramente también había gente criticándome a mí.

 

Hoy soy mamá. Y la vida también dejó marcas en mi cuerpo: algunas cicatrices de operaciones y procesos de salud que atravesé. Todavía sigo luchando con ciertas inseguridades que quedaron instaladas en mí. No desaparecieron del todo.

Pero hay un momento en el que algo cambia.

Un momento en el que me siento libre.

Ese momento es cuando uso lencería.

Es un instante de sensualidad total que no es solo para el otro. Es para mí. Es un espacio donde estoy yo: mi cuerpo, mi mente y mi alma.

Un lugar donde mi cabeza juega con libertad.

Donde las cicatrices dejan de ser importantes.
Donde el cuerpo deja de ser un problema.

 

Y lo único que existe es ese fuego interno queriendo salir… y comerse el mundo.